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EL PASQUÍN PDF Imprimir Correo electrónico
VARIOS - off-topic. El mundo exterior
Escrito por Lorenzo Díaz-Pinés   

Mientras callejeaba por Roma antes de empezar esta primavera, vino uno a dar con la Piazza Navona. Fue esta en la antigüedad, durante mucho tiempo, estadio de competiciones atléticas; pero hoy es sin duda más conocida  por contener la Fontana dei Fiumi (Fuente de los Cuatro Ríos, en traducción aproximada). Nombre este último verdaderamente más descriptivo, cuanto que se sabe que la intención del genial Bernini –que recibió el encargo de Inocencio X– fue representar en su obra a los ríos Danubio, Nilo, Ganges y Río de la Plata.

Andando pocos pasos más, tras cruzar el Corso Vittorio Emanuele II (Corso Vittorino para los romanos), se llega a una plaza pequeñita, donde se rinde urbano homenaje a un objeto escultórico bastante singular. La placita en cuestión se llama Piazza Paschino. El objeto en ella contenido – pese a ser inanimado– es algo “hablante”. Sí, que decía cosas; y sigue diciéndolas; que –en tradiciones como esta– son los romanos algo testarrones.

 


Trátase el “facundo” ente de una vieja estatua clásica, incompleta por deteriorada, sobre la cual en el siglo XVI un sastre, que por allí tenía su taller, colocaba textos reivindicativos. No hay unanimidad en la atribuida profesión de sastre, que algunos truecan por la de zapatero remendón, mientras hay también quien asegura que se trataba de un maestro muy mordaz. Buen maestro pudo ser, que es el espíritu crítico herramienta indispensable para cualesquiera enseñanzas o aprendizajes.

Por entonces era aquel, al parecer, el único sitio donde se podían expresar –sin censura previa ni violencia instantánea–  opiniones, quejas o peticiones. Se constituyó ese método como una  manera eficaz de sortear –al menos provisionalmente– los rigores del autoritarismo. Por lo menos el derecho al pataleo –público además– quedaba garantizado.   

Venía a ser aquello, piensa uno, premonición de los panfletos, las  pintadas, los  “grafitti” o el actual “internet”. Que lo de pretender que el poder real –hoy con minúscula, ¿o no?– deje por lo menos hablar al personal es viejo afán, no resuelto aún, qué va. Y lo que te rondaré, mulata (en versión Obama, tan de moda).

Volviendo a la “piccola piazza”: su nombre –Paschino– lo toma del objeto escultórico que antes se ha descrito. La estatua, a su vez, había heredado tal denominación del hombre que inauguró eso de poner  sobre ella sus protestas contra los mandamases. Que así –Paschino– se llamó precisamente el ya mentado sastre (o lo que fuera), inventor de ese modo silencioso de darle voces a la autoridad; en el sentido de abroncarla, de ponerla a parir, claro, si hacía falta, sobre lo divino (“con la Iglesia hemos dado, amigo Sancho”) y lo humano. Que otras voces, las de la propaganda –mercenarias, aduladoras o simplemente oprimidas– ya las tiene el poder, sólo por serlo.     

Hay que resumir: en un principio fue –existió– Paschino, sastre (o zapatero o maestro). Cuando se generalizó esa idea suya de colocar escritos en la estatua (hasta el punto de sobrevivir al inventor del artificio), la gente llamó Paschino a la estatua misma. Después todo quisque dio en nombrar la plaza con esa misma palabra. Transcurrido largo tiempo (con frecuencia es el Estado el último en enterarse de la realidad, en eso se parece a los cornudos), se denominó de modo completamente oficial Piazza Paschino ese espacio urbano.

De los numerosos textos puestos al pie de la parlanchina escultura, ha pasado a la Historia este epigrama, considerado de los más antiguos:

Quod non fecerunt Barbari, fecit Barberini
(Lo que no hicieron los bárbaros, lo hizo Barberini).


Barberini es el apellido de una noble estirpe romana de origen florentino –prolífica cantera de cardenales– a la que perteneció el papa Urbano VIII. Una de las muestras de la “finísima sensibilidad artística”   del “papa Barberini” (así le llamaban) había sido mandar fundir artísticos bronces antiguos para construir cañones. (¡Arriba el arte y la defensa de la vida…también la del  moriturus?)    

Saboreado casi con glotonería el lugar, y cubierto el inevitable protocolo de colocar uno su propio panfleto en la estatua “parlante” humildísimo homenaje a la libertad de expresión–, es obligado un retorno, siquiera mental, al país de origen. En ese imaginado regresar al Campo de Calatrava cabe recordar a un ilustre ciudarrealeño (“ciudadrealeño”, además de cursi, es impronunciable, por mucho DRAE que lo registre). Él es Hernán Pérez del Pulgar (1451, 1531). Un instituto de Ciudad Real (ahora les llaman IES), cercano a la redacción del Diario Lanza, lleva su nombre. Don Hernán, capitán apodado “el de las hazañas”, también desafió al poder establecido – en este caso sarraceno– haciendo algo parecido a lo que se ha contado del sastre (zapatero o maestro) valiente y protestón de Roma.

Aunque los relatos histórico-religiosos tienen alto riesgo de tergiversación (la fe cree o –si conviene– crea  lo que no ve, Compostela no es mal ejemplo), parece ser que ese caballero  clavó con su puñal en la puerta de una mezquita de Granada un pergamino con las palabras “Ave María”. Fue un gesto que sobrepasó ampliamente los límites de la valentía, que “está en el justo medio entre la temeridad y la prudencia” (Cervantes dixit).

Por poner un ejemplo muy actual que dé alguna idea del riesgo de la hazaña de Don Hernán, debe decirse que su acción tuvo tanto peligro como hoy tendría prologarle un libro a Salman Rushdie.    

Como ya habrá colegido el paciente lector, si no lo sabía ya antes de enfrascarse en estos renglones, la evolución lingüística descrita acabó –en lo que al español se refiere– con la adopción de la voz paschino (que en italiano suena “pasquino”), previamente castellanizada, para alumbrar una palabra nueva: pasquín.

Cuando la hazaña de Pérez del Pulgar tuvo lugar, el “pasquín” –como voz nueva en la lengua de Quevedo (¡qué bien hablaba el italiano!)– no había nacido aún. Hoy, pues, ya sí cabe llamar pasquín al “panfleto subversivo” con que aquel militar “culipardo” –con perdón– desafió los peligros de  la oscura noche granadina (que con nocturnidad  tuvo lugar la cosa).

Recordada la epopeya de Hernán,  cuya cuna, en tiempos, disputó Ocaña a Ciudad Real (todo quedaría en La Mancha), hay ya que regresar del sueño calatraveño-andaluz, que la noche es joven y la divina Roma inacabable. A modo de despedida, sí debe darse –en estos tiempos críticos (sí, de crisis, que ya se puede decir)– un grito de gratitud a aquel  sastre (o zapatero o maestro o lo que fuere):

¡Viva el pasquín! ¡Qué buenos servicios ha hecho!
                                                

 


Artículo publicado originalmente en diario Lanza y www.lanzadigital.com.
Ultima actualización ( 25 de Septiembre de 2009 )
 
 
 
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