Cruz de Santiago

 

 


 

LA ESENCIA DEL PERIODISMO PDF Imprimir Correo electrónico
VARIOS - General
Escrito por Lorenzo Díaz-Pnés Muñoz   

Carta al Director (o similar, léase Miguel Ángel)

Con alguna experiencia como columnista de prensa, a mis años, que no son pocos, no recuerdo -y no creo que la memoria me falle-- algo tan absurdo cómo que alguien considere ofensivo un texto como el de Darío Pozo. La esencia del periodismo -y esta tu/vuestra/nuestra (comunal en suma) página no es sino un periódico-, radica en la vieja regla: los hechos son sagrados, pero las opiniones son libres.

Cuando se trata de analizar -e incluso juzgar- un hecho histórico, mientras no se falsee lo ocurrido y -más aún-- cuando, como es el caso, se razone el motivo de la opinión expresada, no hay nada que objetar. Que la opinión es, por principio, algo básicamente subjetivo (y no objetivo) es una evidencia incluso lingüística: somos sujetos, que no objetos.

A quien trate de acallar opinión de otro sólo por eso, por ser ajena y distinta de la propia, habría que recordarle también ese otro postulado del liberal bien entendido: "estoy en absoluto desacuerdo con tu opinión, pero arriesgaría incluso mi vida para que puedas expresarla". Porque, aunque el asunto pueda parecer irrelevante, este incidente plantea un problema de libertades ciudadanas. Además: tratar de silenciar al disidente tiene -por desdramatizar- su guasa, pero... hacerlo por persona interpuesta pasa a ser... demasiado para mi "body", por incorporar la jerga cheli a la cuestión, que también relaja.

Incluso si hubiera una especie de tradición -cosa harto frecuente en ámbitos muy localistas- de repartir entre  los personajes de un suceso histórico notorio los roles de "buenos" y de "malos" (reparto a veces sugerido por el poder), existe la obligación moral, de quien tenga otra opinión, de expresarla, si, en conciencia, lo cree enriquecedor para el debate. Que de la discusión (naturalmente civilizada) sale verdaderamente la luz.

Incluso la idea de la legitimidad del regicidio -que pudiera introducirse muy justificadamente en el debate- no debe escandalizar a nadie: la expresó ya un castellano cultural y moralmente prestigioso -el talaverano Padre Mariana-, quien hasta lo consideraba -para determinadas conductas- una obligación moral.

Que se quiera convertir las opiniones "libres" en opiniones "liebres" y, consecuentemente, en objetos a abatir, debiera ser, si no lo ha sido ya, por fin erradicado -en esta tierra de demasiado Santo Oficio- por tratarse de algo completamente caduco, periclitado y obsoleto.

Por otra parte, sí que parece sorprendente  que un suceso tan importante (y, a la vez, tan controvertido y opinable) haya tenido siempre ahí -por lo que se colige- una interpretación única. No corren tiempos -o no debieran correr- de pensamiento único. La imposición de lo políticamente correcto es una versión sibilina de la dictadura... ¡y ya está bien, bastante fue la dosis!

Es ocioso decirlo, pero como -a lo que parece- corren por ahí aires de que hasta lo obvio hay que proclamarlo, pues voy y lo proclamo: ni mirando con lupa de muchos aumentos, se ve por parte alguna del texto de Darío nada que pueda ofender a nadie, ni  personal ni colectivamente.

 

Ultima actualización ( 10 de Febrero de 2009 )
 
 
 
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